La arremetida del presidente contra artistas populares enciende un instrumento político, la canción de protesta, con una fuerte carga simbólica en la historia reciente del país.
Por Walter Lezcano
Hay gestos que se convierten en una suerte de actos de magia: llevan la realidad a otro nivel y posibilitan nuevas posibilidades de pensar el presente. Son pequeños movimientos que imponen un precedente en el ahora, puntos de fuga o salidas de emergencia cuando todo parece estar inhabilitado o, directamente, clausurado.
A lo largo de toda nuestra historia de la segunda parte del siglo XX hasta comienzos del siglo XXI, la música –aunque es mejor pensarlo en relación al arte en general- en muchos momentos funcionó como aquella parte de la vida que llevó adelante esos gestos, esos señalamientos, esas focalizaciones y posicionamientos.
O, como plantea el Indio Solari en la canción “Juguetes perdidos”, tal vez podríamos llamarlos tics de revolución: dar un paso al frente y no colaborar con el silencio siempre cómplice. Son instancias de incitación, avivamiento y fogoneo para que algo, la chispa de los social, prenda, se encienda. Vayamos hacia atrás para entenderlo mejor.
El 16 de mayo de 1982 se llevó a cabo en Obras Sanitarias el Festival de la Solidaridad Latinoamericana. Fue pensado y digitado por la Junta Militar de la dictadura para ayudar a los jóvenes combatientes de Malvinas (por supuesto, nada de esto era real), y llevado a cabo por los productores Daniel Grinbank, Pity Iñurrigarro, Oscar López y Alberto Ohanian, entre otros.
Toda la cúpula del rock argentino de ese momento participó en este, por llamarlo de algún modo, evento (solo León Gieco dijo públicamente que estuvo “mal” formar parte). Salvo por dos grupos importantísimos para el devenir de la música popular joven de la vuelta a la democracia: Virus y Los Violadores, quienes se negaron de forma rotunda a colaborar con la dictadura.
Con el tiempo, gracias a la excelente biografía Virus, Una generación de Daniel Riera y Fernando Sánchez, se supo que la banda platense no se hizo presente en aquel festival por tener un familiar directo desaparecido desde 1977. Se trataba de Jorge Moura, que era músico y se unió a la organización política PRT-ERP a principios de los años 70. Negarse a participar, entonces, fue el gesto que los puso (tanto a Virus como a Los violadores) en un sitio de dignidad y consecuencia con un proyecto artístico que venía a mostrar que las cosas se podían construir desde otra cosmovisión.
Con el tiempo, gracias a la excelente biografía Virus, Una generación de Daniel Riera y Fernando Sánchez, se supo que la banda platense no se hizo presente en aquel festival por tener un familiar directo desaparecido desde 1977.
Cuando Los Violadores cantaban “¡Represión, que te aniquila!”, y cuando los Virus decían “Hay que salir del agujero interior”, entendieron –cada uno desde su lugar- que el gesto ayudaba a seguir armando el viaje de la confrontación, el descontento y la insatisfacción con un estado de cosas.
Censura en la ex Esma
Muchos años después queda en evidencia que todavía hay gestos que tienen un poder para confrontar con la época y poner en tensión la política represiva de un gobierno nacional que se presenta como democrático y libertario, pero constantemente da muestras de su temeroso corazón militar, binario, arcaico y resentido.
El hecho es el siguiente: el joven músico Milo J, nuevo crédito nacional de la música urbana con más de 15 millones de escuchas mensuales, quiso hacer una preescucha de su nuevo trabajo 166- Deluxe Retirada en un lugar que está en el ojo de la tormenta en este momento: la Ex ESMA.
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El gobierno nacional, con el aval del ministro de justicia Mariano Cúneo Libarona decidió suspenderlo alegando que faltaba documentación correspondiente y Milo J contó por Instagram que el gobierno decidió censurarlo. Mientras esto sucedía, se produjo un despliegue desmedido de militares y policías para amedrentar con su parafernalia de represión y violencia a la gente, muy joven, por cierto, que ya hacía la cola para ingresar a la ex-ESMA. La imagen era dantesca: un montón de adultos armados y con botas frente a un montón de chiquitos que solo querían escuchar las canciones de su ídolo.
La ex-ESMA no es un lugar elegido al azar. Según contó la madre del músico, la abuela de Milo J fue víctima del terrorismo de Estado durante la dictadura y el artista durante el último tiempo mostró a su audiencia, tan o más joven como él, la importancia de los derechos humanos para la vida cotidiana de este presente: desde invitar a la Abuelas Plaza de Mayo un concierto hasta cantar con Nito Mestre “Canción para mi muerte”, entre otras acciones.
La abuela de Milo J fue víctima del terrorismo de Estado durante la dictadura y el artista durante el último tiempo mostró a su audiencia, tan o más joven como él, la importancia de los derechos humanos.
Por otra parte, que alguien con la magnitud de Milo J haga un evento en la ex-ESMA pone el foco en ciertas cuestiones también relevantes: el componente negacionista respecto de la última dictadura militar del actual gobierno nacional, el vaciamiento del centro cultural Haroldo Conti y la destrucción de políticas de derechos humanos y de memoria.
Es ahí, al llevar su gente y su propuesta a la ex-ESMA, donde Milo J tiene el gesto y lo posiciona frente a los que sucede en la actualidad respecto de lo que llama LLA como “la batalla cultural”. Al artista, el gesto le da una trinchera desde donde pararse. Son la clase de elecciones que definen a un artista.
Fanáticos libertarios
Pensar en la “batalla cultural” que lleva adelante el gobierno es un trabajo insalubre porque implica reflexionar sobre cuestiones de una frivolidad extrema junto a la ejecución de políticas que condujeron a un daño sin precedentes en las industrias audiovisual, teatral, editorial, periodística, entre otras.
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En este sentido, fueron apareciendo otros gestos que otros artistas llevaron a cabo para plantar bandera: Lali Espósito (las canciones “No me importa” y “Fanático” juegan como gestos de confrontación) y María Becerra mostrándose en una ventana acompañando la última marcha del colectivo LGTB+, Dillom cantando “Sr Cobranza” de Las manos de Filipi en un festival masivo, Ciro de Los piojos cantando “Tanta mentira, tanta criptomoneda, tanta libertad” en el último Cosquín Rock, sumado a dos festivales de la música indie (uno en Camping y otro en Moscú) para ayudar a los damnificados en los incendios en la Patagonia, entre otros.
Fueron apareciendo otros gestos que otros artistas llevaron a cabo para plantar bandera: Lali Espósito (las canciones “No me importa” y “Fanático” juegan como gestos de confrontación) y María Becerra mostrándose en una ventana acompañando la última marcha del colectivo LGTB+.
Son nuevos gestos que van apareciendo para mostrar el lugar donde la música elige pararse. Y son gestos trascendentes, que importan y edifican contundencia en momentos donde la tibieza colabora con la mirada unidimensional que pretende instaurar un gobierno nacional que lo ve todo en términos bélicos