La frontera entre la verdad y la mentira se ha ido desdibujando. Ninguna época anterior toleró tantas opiniones diversas, pero tampoco ninguna otra época soportó tantas mentiras.
Por Esteban Rodríguez Alzueta
La política y la verdad nunca se llevaron bien. La política siempre vio en la mentira una herramienta necesaria y justificable no sólo para la actividad política sino para la gestión del Estado. Acaso por eso mismo se preguntaba Hannah Arendt: ¿Está en la esencia misma de la verdad ser impotente, y en la esencia misma del poder ser falaz? Como sea los políticos han defraudado la confianza cívica cuando se aferraron a la mentira de manera sistemática. La mentira es un problema, pero también ha sido una oportunidad para muchos gobernantes; ha sido su talón de Aquiles, pero también su espada de Excalibur.
Entre la debilidad y el secreto
Alexandre Koyré en su clásico libro, Reflexiones sobre la mentira, nos dice que la mentira, mucho más que la risa o el odio, es lo que caracteriza al hombre moderno. La mentira ha sido una constante, sin embargo, nunca se mintió tanto y tan descaradamente como en nuestros días. El hombre siempre mintió. Mintió por placer, para divertirse, pero también para defenderse. Porque la mentira es un arma: “El arma preferida del subordinado y del débil que, al engañar al adversario, se afirma y se venga de él.” Los débiles no siempre pueden permitirse el lujo de ser sinceros.
Mentir es decir intencionadamente lo que no es o disimular lo que es, pero también deformar la verdad, esto es, decir lo que no se piensa y tampoco se cree; y, además, velar la realidad, ocultar o secretar lo que se piensa y hace. La mentira, agregaba Koyré, puede asumir muchas formas y se tolera mientras no perjudique las relaciones sociales y no haga mal a nadie.
De hecho, como había sugerido Benjamin Constant, en la polémica que mantuvo con Kant, “decir la verdad es un deber, pero solamente en relación a quien tiene el derecho a la verdad”. Por tanto, ningún hombre tiene el deber de decir la verdad si el otro tampoco tiene derecho a la verdad. No es ese el caso de los ciudadanos con sus representantes. Aquellos tienen el derecho a la verdad, de modo que la mentira contradice los deberes de los representantes.
Los gobiernos totalitarios y autoritarios quieren ocultar o disimular sus intenciones, por eso buscan protección en la mentira. Donde hay mentira hay secreto, una realidad paralela, secretada. Su poder comienza donde empieza el secreto. En este contexto la verdad se volvió una tarea clandestina y la mentira una empresa sistemática.
Los gobiernos totalitarios y autoritarios quieren ocultar o disimular sus intenciones, por eso buscan protección en la mentira. Donde hay mentira hay secreto, una realidad paralela, secretada. Su poder comienza donde empieza el secreto
La mentira, en la época de la reproductibilidad técnica, se fabrica en serie y se dirige a la masa a través de la propaganda. La mentira está obligada a rebajar el estándar de la verdad: “Nada es más grosero que el contenido de sus aserciones, que muestran un desprecio absoluto y total por la verdad.”
Detrás de estas reflexiones están las palabras del ex ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, autor de eslóganes que quedaron para la historia hasta convertirse en las recetas de rigor entre los nuevos magos del Kremlin: “Una mentira mil veces repetida, se transforma en verdad”, o también: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”. Dicho de otra manera, se empieza con una mentira, se sigue con otras tres o cinco, hasta llegar al punto donde ya no se sabe cuando se está mintiendo y cuando se está diciendo la verdad.
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Desconfianza y realidad paralela
La mentira descarada, hecha a la medida de los seguidores entusiastas y propalada a cuatro vientos en forma reiterada posee una eficacia probada. Nunca los gobiernos tuvieron a su disposición tantos medios para engañar a los electores sobre la existencia de una realidad paralela. La verdad termina siendo tan fantasiosa que ella será vaciada de todo contenido y vínculo con aquello que efectivamente está sucediendo, dejando el terreno para controversias interminables sobre lo que puede o no ser real.
Es cierto, como ya señalara Arendt, en su reconocido ensayo, “La mentira en la política”, el engaño sistemático y la falsedad deliberada nos han acompañado desde el comienzo de la historia: “La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables.”
Empero, quizás como nunca hasta ahora, la mentira se despliega con tanto entusiasmo y falta de pudor entre quienes desean persuadir a la población sobre la modalidad en que los fenómenos ocurren.
Ahora bien, la mentira no es patrimonio de los gobiernos totalitarios. Los partidos políticos han hecho de la mentira la manera de estar en la democracia. Pareciera que en la política ya no hay espacio para la verdad. La mentira, electoralmente hablando, se volvió productiva: alcanza para ganar una elección y sostenerse unos cuantos años en el gobierno.
Los partidos políticos han hecho de la mentira la manera de estar en la democracia. Pareciera que en la política ya no hay espacio para la verdad. La mentira, electoralmente hablando, se volvió productiva
De la mentira pertinente a la mentira experta
Para Arendt, existen dos tipos de mentiras. Por un lado, está la mentira más elemental que consiste en negar la verdad o decir una mentira pertinente. Con la mentira se prefiere eliminar los hechos de la realidad, encubrirlos o apartarlos del resto de la gente. Acá de lo que se trata es de la abolición del acontecer. Mentiras banales de este tipo siempre son graves, pero no dejan de ser inofensivas en comparación con las otras que mencionaremos seguidamente.
En efecto, la segunda forma que asume el arte de mentir es más sofisticada, pero más grave toda vez que amenaza no solo la realidad sino la idea misma de verdad. Arendt la llamó la mentira experta. Los resolvedores de problemas fabrican imágenes míticas sobre la realidad para hacer creer a la gente en esas apariencias, hasta que sus seguidores empiezan a confundir la realidad objetiva con sus deseos subjetivos. Son operaciones ideológicas sobre la realidad. Los hechos se sustituyeron por completo por una realidad alternativa y fingida que ya no es posible impugnar. Si uno busca los hechos, chocará una y otra vez contra los muros ideológicos invisibles que cautivaron a los seguidores.
Dicho de otra manera: los expertos en resolver problemas no están interesados en los problemas sino solamente en sus teorías, y este amor por la teoría conduce a un desprecio por los hechos. La lógica y la claridad pasan a primar sobre la realidad siempre contingente y confusa, de modo tal que la capacidad de juzgar es reemplazada por la razón instrumental.
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La única verdad es la publicidad
Con la mediatización de la política, los partidos fueron reorganizándose en función del marketing y la publicidad, y solo tienen muñeca para la rosca y tacto para la mentira. No hay lugar para el juicio ponderado y la deliberación paciente sino para la formación de imágenes encantadas y consignas ideológicas y trasnochadas a la altura de la credulidad: se trata de construir un ambiente para que la gente crea en lo que se le está diciendo. La propaganda se orienta a la creación constante de consensos afectivos y volubles.
Con la mediatización de la política, los partidos fueron reorganizándose en función del marketing y la publicidad, y solo tienen muñeca para la rosca y tacto para la mentira. No hay lugar para el juicio ponderado y la deliberación paciente sino para la formación de imágenes encantadas y consignas ideológicas
Nos gusta demasiado creer lo que de alguna manera parece real o verosímil. Los políticos aprendieron que una buena mentira convence más que los hechos. Políticamente hablando, la única verdad es la publicidad, esto es, las mentiras resultan mucho más plausibles, muchas más atractivas a la razón, y mucho más movilizantes que la verdad y la realidad. Y esto es así porque el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír. La retórica mentirosa siempre estará a la altura de su auditorio entusiasta.
Los estudios focales, las encuestas de opinión, y sobre todo los algoritmos, proveen información no solo para identificar las diversas audiencias sino para mandar mensajes específicos, segmentados, según el target. La narrativa se adecua con precisión al espectáculo en curso.
Escribe Arendt: “Ha preparado su relato para el consumo público con el cuidado de hacerlo verosímil mientras que la realidad tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos con lo inesperado, con aquello para lo que no estamos preparado.” Por eso no solo toleramos la mentira, sino que se la prefiere y espera. La fragilidad humana hace que el engaño, por lo menos hasta cierto punto, resulte siempre tentador, un incentivo extra para hacerse los boludos y mirar para otro lado, esquivando de paso cualquier responsabilidad.