Unidad 9, La Resistencia de los Presos Políticos

21 Abr 2016

" Tal es el título del libro de reciente aparición que, presentado en el Anfiteatro ‘Eva Perón’ de ATE, recorre la lucha de quienes, detenidos durante la última dictadura genocida y desde las peores condiciones de dolor físico y mental, lograron desbaratar un plan de muerte para todos ellos y emerger ya en democracia para enjuiciar y condenar a los culpables. Aquí nos adentraremos en la dramática historia –que costó la vida de 13 presos y 17 de sus familiares- en las voces del autor de la obra, y la de uno de los protagonistas. "

 

 

Por Federico Chechele (autor del libro ‘Unidad 9, La resistencia de los presos políticos’; hoy director de prensa de ATE Nacional.- Como periodista de la CTA Autónoma tuve que cubrir, allá por el 2010, el juicio de la Unidad N° 9, una historia que recorría la ciudad de La Plata, pero a la que ciento diecinueve testigos terminaron de darle forma para que se conozca la verdad sobre lo ocurrido en la cárcel de la capital bonaerense durante la última dictadura cívico-militar.
Muchos tiempo después, con varios papeles apilados, me acerqué a Hugo «Cachorro» Godoy para proponerle que esa historia fuera escrita. Pasaron varios meses hasta que un día me dice: «¿Te acordás del libro que me propusiste publicar?, bueno, hagámoslo».
A partir de ese momento, diagramamos un esquema de trabajo. Godoy invitó Carlos Martínez, un ex preso compañero suyo del penal, a sumarse a nuestro proyecto. Ambos me regalaron muchas horas de su trabajo, durante las que relataron con minuciosidad lo sucedido en la cárcel durante su permanencia como presos políticos de la dictadura.
Supieron complementarse al punto de que lo que uno no recordaba, el otro lo tenía presente. Inmortalizaron nombres y apodos que habían olvidado, se rieron de decenas de anécdotas y lograron que todo se detuviera por un instante al momento de relatos fríos, de espanto.
Un año después, sale a la luz este libro que les pertenece. A Cachorro, a Carlos y, en ellos, a los ciento diecinueve testigos que ofrecieron su crudo testimonio durante el juicio, a los miles de detenidos que pasaron por las lúgubres instalaciones de la Unidad N° 9, a quienes perdieron la vida a mano de sus asesinos y a los 30 mil desaparecidos, siempre presentes.

La historia

El 24 de marzo de 1976, cuando la Junta Militar tomó el poder, ya existían presos políticos detenidos en los establecimientos penitenciarios del país. Esas detenciones se amparaban en el marco de la ley, los presos tenían causas abiertas en la Justicia Federal o permanecían privados de su libertad por un decreto del Poder Ejecutivo Nacional. Esta situación impedía, o al menos dificultaba, que los militares aplicaran el método que habían decidido utilizar de modo generalizado: hacer desaparecer a la persona y, posteriormente, negar la existencia del hecho. Por este motivo diseñaron otra estrategia, por la que organismos de inteligencia militar, con la colaboración de penitenciarios, clasificaron a los detenidos en tres categorías: recuperables (muy pocos), difícilmente recuperables (la gran mayoría) e irrecuperables (los señalados como dirigentes).
En consecuencia, entre marzo y diciembre de 1976 se efectuaron traslados masivos que generaron una importante redistribución de hombres y mujeres dentro de las cárceles de todo el país.
Entre 1976 y 1983 –incluso años antes del comienzo de la dictadura–, los presos políticos confinados en la Unidad N°9 de La Plata fueron sometidos a un plan sistemático de torturas perpetrado por el terrorismo de Estado.
Los detenidos eran “blanqueados” al ingresar a esta cárcel, es decir, puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Pese a todo, el pase a la legalidad no implicaba el cese de los tormentos y los castigos.
De acuerdo a los testimonios que de manera minuciosa los ex presos políticos declararon durante el juicio que en el año 2010 condenó a once agentes penitenciarios y a tres médicos de la Unidad N° 9, durante su permanencia dentro del penal, fueron sometidos a condiciones infrahumanas de detención y torturas. Otros, –que supuestamente habían sido trasladados–, fueron secuestrados nuevamente para ser asesinados o desaparecidos.
De esta manera, la Unidad N° 9 –donde las autoridades del penal serían reemplazadas por penitenciarios adoctrinados para la aplicación de un plan de destrucción física y psíquica de los detenidos–, terminaría convirtiéndose, en el momento de mayor poder de la última dictadura cívico-militar, en el centro de detención que recibió el número más grande de presos políticos de la Argentina,
incluyendo los denominados “Pabellones de la Muerte”.
La violenta requisa del 13 de diciembre de 1976 que dio comienzo a un cambio de régimen dentro del penal; los tormentos, muertes y desapariciones; el rol fundamental de los familiares para acompañar a los presos arriesgando sus vidas para contactarlos con el exterior de la cárcel; la importancia de las visitas de los organismos internacionales dentro del penal y, fundamentalmente, el juicio, están relatados en primera persona por quienes padecieron el encierro durante la dictadura.
Aquellos “condenados” dieron vuelta la historia. En libertad, cumplieron con la promesa que se juramentaban días tras días en cada pabellón: salir más fortalecidos desde lo colectivo y más enriquecidos desde lo intelectual.
Y así fue. Muchos de ellos fueron reconocidos por el voto popular en diferentes ámbitos del quehacer político y sindical, otros lograron trascender e imponer aquellos valores fortalecidos dentro de la Unidad N° 9 desde otros espacios

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EL VUELO DE LOS CÓNDORES

Por Hugo “Cachorro” Godoy (Ex preso de la Unidad 9; hoy Secretario General de ATE Nacional).- En el año 1974 trabajaba en el Matadero de Abasto donde conocí a “Sebastián” –ese era su nombre de guerra cuando desapareció en el 77 en Lomas de Zamora– Soler,
quien me introdujo en mi primera experiencia sindical.
Él venía de trabajar en el frigorífico Swift y desde que ingresé al matadero nos hicimos amigos; con él empecé a entender la fuerza, la potencia del sindicalismo y a militar en la lucha y los derechos de la clase trabajadora.
Fueron pocos meses, porque decidí retomar mis estudios y asumir, junto a otros compañeros y compañeras, responsabilidades de conducción en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) de La Plata. Me dediqué entonces a la organización de los estudiantes secundarios de las escuelas técnicas, con la idea de que quienes saliéramos de esas escuelas éramos quienes luego íbamos a trabajar
en distintas fábricas; y que, con pibes ya formados para esa lucha, podríamos aportar a la organización de la clase.
Unos meses antes, yo había abandonado el secundario que estaba haciendo en el colegio Albert Thomas, pero cuando lo retomé lo hice en la Escuela Técnica de las calles 7 y 76, también de La Plata.

El paredón

En ese ámbito organizamos a mediados de año un torneo de fútbol con los estudiantes. El escenario elegido fue una canchita que estaba justo detrás de la Unidad 9, una media manzana en las calles 10 y 11, entre 78 y 79.
Jugando en ese lugar, cuando miraba el paredón externo de la cárcel, no podía parar de pensar que ahí adentro había compañeros presos-políticos por militar como lo hacía yo, sin saber que pocas semanas después yo mismo estaría detrás de ese paredón.
Recordé esta anécdota en el 2006, cuando treinta y un años después de esa tarde del ‘75, mientras recorríamos junto a otros compañeros de ese penal los mismos pabellones en los que habíamos estado alojados, comprobábamos que el estado de hacinamiento en que se encontraba era el mismo de cuando éramos presos políticos.
Sin dictadura y con otra composición de detenidos, pero el lugar estaba igual. Sentí que aún en democracia la cárcel busca el mismo objetivo de destruir al ser humano y no de recuperarlo; porque el hacinamiento es una forma de destruirlo, de masificarlo, de quebrarlo. De eso se trata la cárcel y no sólo la del capitalismo.
En aquellos años, cuando yo estuve preso, existía un plan de aniquilamiento. Hoy existe otro: el promedio de edad en las cárceles es de 21 años, son pibes jóvenes y pobres.
Diez años después de ese homenaje a los trece compañeros presos y a diecisiete familiares de los detenidos, todos asesinados por aquella dictadura, estamos publicando este libro.
Algún lector puede llegar a preguntarse si tiene sentido contar tan en detalle lo vivido adentro de la Unidad 9 luego de tantos años. Yo digo que sí lo tiene.
Lo tiene porque recupera una epopeya humana. Y, sobre todo, porque recuperar los valores con los que se afronta cada momento de la historia, permite proyectarlos hacia el futuro, evitar que se olviden y que, por el contrario, resulten motorizadores en otras circunstancias para otros actores de esa misma historia en movimiento.

La jaula

En lo personal, creo que el gran aporte de este libro es el de alimentar el debate cultural para las nuevas generaciones. El sentido que las cosas tienen.
Aquí recuerdo una anécdota, muy crucial en lo personal, que me remonta al año ’78. Ya no estaba alojado en el Pabellón 1, había sido trasladado al Pabellón 13 en el que estábamos mezclados presos a los que ellos consideraban ‘recuperables’ e ‘irrecuperables’; aunque en cualquiera de los dos casos se sufría el máximo nivel de represión y hostigamiento para quebrarte.
Por entonces sólo podíamos salir al patio de a uno, durante no más de quince minutos. Ese patio era como una gran jaula, similar a las que existen en los zoológicos para las águilas o los cóndores, con techo de rejas para que no vuelvan a su libertad… En esos días ya sabíamos de los asesinatos que se estaban produciendo y de algunos casos aislados de compañeros que, por la presión que sentían, intentaban suicidarse, por ejemplo golpeándose la cabeza contra una pared.
Caminando por esa jaula me vino a la mente la tristeza que yo sentía de pibe cuando veía a esos cóndores, magníficos cuando abren sus alas y planean por el aire en las montañas, pero quietos y sin vida en ese encierro.
Nuestra situación era parecida; y mientras caminaba me preguntaba qué haría yo si algún día lograba salir de ese lugar de muerte. Ya era consciente de que nos habían derrotado como organización; y sin contactos, sin capacidad organizada, ¿qué iba a hacer, a qué dedicar mi vida?
En ese instante me respondí que uno tiene ideas y valores similares a los del conjunto del pueblo del que forma parte, y que la organización podría ser cualquiera que tuviera nuestros mismos valores, esos mismos sueños de hacer realidad la defensa de la clase trabajadora como tal, como clase. En ese momento, en el límite entre la fortaleza y el quiebre, salí adelante gracias a la certeza de que eran esos valores lo que le daban sentido a mi hipotético futuro. Esta convicción me sostuvo incluso durante
los cuatro años de cárcel que todavía debería atravesar.
Y me encaminó a lo largo de la vida, desde 1982, cuando por fin fui liberado.
Son las cosas que a uno le permiten trascender en el tiempo. Y que también le permiten procesar las distintas circunstancias históricas que lo envuelven más adelante, sin traicionarse a sí mismo; aún cuando sostener esos valores en defensa de la clase, implique en alguna circunstancia la ingratitud o la incomprensión de algunos trabajadores.

La clase trabajadora

En este mismo sentido, recuerdo un hecho que se originó a poco del golpe. En las primeras semanas de 1976 los presos políticos que estábamos en el penal éramos pocos, pero en la madrugada del 24 de marzo los pabellones se empezaron a llenar de nuevos detenidos.
Los dos sonidos que se escuchaban en ese amanecer eran el de la marchita militar en las radios que aún nos permitían tener y el de las puertas que se abrían y cerraban constantemente. A esos nuevos compañeros los tuvieron uno o dos meses aislados; todos eran trabajadores, delegados y militantes de la región. Hasta ese momento los presos éramos militantes de las organizaciones, pero desde el golpe, el lugar se llenó de obreros. Recuerdo que los más viejos montamos un sistema de solidaridad muy importante con los aislados haciéndoles llegar yerba, frazadas, cigarrillos, o transmitiendo sus datos hacia afuera para que llegaran a sus familiares. Como se relata en el libro, en agosto del ’76 todos fuimos castigados, todos a los ‘chanchos’ durante quince días, y cuando volvimos aislados a los pabellones necesitábamos de esa misma solidaridad. Pero pocos lo entendieron porque el miedo los paralizaba. Recuerdo que yo exclamé: “¡¿Y esta es la clase trabajadora por la que terminamos presos?!”.

Son momentos de quiebre en los que se ponen en cuestión las ideas y los valores que uno defiende; más allá de que a esa misma clase trabajadora a veces le cueste entenderlo. Porque en definitiva, salimos en libertad y juzgamos a los genocidas gracias a la lucha de millones de trabajadores, de hombres y mujeres de nuestro pueblo que le dieron sentido y contenido a nuestras vidas.
Por eso insisto en que tiene sentido seguir reflexionando en torno de la epopeya humana de la Unidad 9.
Para continuar alimentando el debate de las nuevas generaciones, para seguir enfrentando los nuevos desafíos, que tienen la misma raíz en cada momento histórico, pero se traducen de manera diferente en cada uno de ellos.
La mayoría de los compañeros que relatamos de manera ‘coral’ la historia que aquí se narra, no hablamos del héroe individual, reivindicamos al héroe colectivo.
Cada uno de quienes fuimos construyendo este relato coral, estamos o estuvimos en lugares diferentes; pero todos con idéntica voluntad de ser coherentes con los valores que nos llevaron a aquella situación, que nos dieron el sentido necesario para resistir, y que nos permitieron cerrar de pie y con la frente en alto, semejante tramo de la historia colectiva de la clase trabajadora y los movimientos revolucionarios en la Argentina.
Clase trabajadora, ideas y valores revolucionarios que siguen teniendo hoy la misma validez que tuvieron ayer.

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